La intolerancia a la lactosa es la incapacidad de digerir completamente la lactosa, el azúcar presente en la leche y otros productos lácteos. Se produce cuando el intestino delgado no genera suficiente lactasa, la enzima necesaria para descomponer la lactosa. Como resultado, la lactosa no digerida pasa al colon, donde es fermentada por bacterias que producen síntomas molestos.
Esta condición es frecuente y puede ser temporera o crónica. Puede desarrollarse con la edad, tras infecciones gastrointestinales o como efecto secundario de enfermedades como la celiaquía o la enfermedad de Crohn. Aunque no es peligrosa, puede afectar significativamente la calidad de vida si no se trata adecuadamente.
La intolerancia a la lactosa afecta a millones de personas en todo el mundo y puede interferir en la vida cotidiana si no se diagnostica o trata. Aunque no es una alergia alimentaria y no afecta al sistema inmunitario, sus síntomas pueden limitar considerablemente las opciones dietéticas y provocar deficiencias nutricionales si se restringe mucho la ingesta de lácteos.