La dieta mediterránea es un modelo alimentario flexible, basado principalmente en alimentos de origen vegetal e inspirado en las dietas tradicionales de los países costeros del mar Mediterráneo. Hace hincapié en alimentos integrales y mínimamente procesados, con abundancia de frutas, verduras, cereales integrales, legumbres, frutos secos y grasas saludables, sobre todo aceite de oliva.
A diferencia de las dietas restrictivas, fomenta el equilibrio y la variedad, con un consumo moderado de pescado, aves, lácteos y vino tinto (con moderación), y una ingesta limitada de carnes rojas y dulces.
Los estudios demuestran que esta dieta favorece la salud cardiovascular y ayuda a mejorar los problemas metabólicos, como la hipertensión, la obesidad, los niveles elevados de colesterol y la resistencia a la insulina. Además, puede contribuir a la prevención de ciertos tipos de cáncer. La evidencia científica sugiere que reduce el riesgo de infartos de miocardio, accidentes cerebrovasculares y diabetes tipo 2, y que incluso puede beneficiar la salud cerebral al disminuir el riesgo de deterioro cognitivo y depresión.